martes, 27 de diciembre de 2016

Modas


No sé  si habréis visto el nuevo anuncio de Audi. Os lo adjunto aquí por si no fuese el caso. 


Básicamente se trata de una tienda de juguetes en la que, al apagar las luces, los muñecos cobran vida y las Barbies deciden conducir los coches del estante de chicos, los Action Man cocinan una barbacoa y toman té en una mesita, las muñecas juegan al fútbol, y la Barbie del principio termina haciendo una carrera de coches. En definitiva, otra aportación al movimiento feminista para que los niños puedan elegir a qué quieren jugar sin que su sexo los delimite. Y de primeras, pues el anuncio me encanta. Pero a veces, cuando me da por hacer scroll en Facebook, siento que el mundo sobreactúa últimamente. No sé cómo explicarme.

Me parece genial que se reivindique, y me parece fundamental el papel de Internet para dar más alcance a las voces de la gente. Me encanta ver todo del revés y la cantidad de movimientos que existen a día de hoy contra los estereotipos, contra la sociedad y contra los estándares establecidos. Me encanta a la vez que me satura. Y es que al final pasa lo mismo de siempre. Queremos acabar con las normas de sociedad, pero la sociedad la formamos las personas, y somos las mismas personas las que intentamos cambiarla, y no dejamos de ser sociedad al fin y al cabo. Por lo que me da la sensación de que tanto movimiento acaba por convertir una moda en otra diferente.

Me explico. Me parece estupendo que los catálogos de Navidad no tengan divisiones y los juguetes se vendan independientemente de si el comprador va a ser un niño o una niña. Pero para inculcar esta idea en la gente se promueven Barbies que conducen coches de bomberos, juegan al fútbol, y hacen carreras de coches. ¿Y dónde están las niñas que quieren jugar a ser princesas o a cocinar? No puedo evitar ver estos anuncios un tanto antinaturales. Que un niño elija jugar con una muñeca o una cocinita de juguete ahora se tiene que ver como algo correcto y progre. Pero si es la niña la que elige jugar con estos accesorios parece que sea una presa del heteropatriarcado.

Pasa un poco como con todo el movimiento curvy, que para que la gente se acostumbre a ver cuerpos en los medios que no sean el estándar establecido, empiezan a verse modelos plus size en revistas en las que antes hubiese sido imposible imaginar. Y una vez más, me encanta. Me encanta ver todo tan diferente, me encanta que la gente tenga que enfrentarse a imágenes que no quieren ver y que empiecen a aceptarlas. Pero ¿y qué pasa con las chicas delgadas? Me da la sensación de que acabamos con un extremo imponiendo otro extremo. Que es cierto que hay que darle mayor visión a lo que está en minoría, a lo que nunca se ha visto: modelos gordas, niños jugando a las barbies, … Pero que lo de toda la vida también es válido.

Me da la sensación de que no estamos pasando de lo que la sociedad nos impone, sino creando nuevas modas que la sociedad pueda aceptar. Que por algo se empieza, y sigo diciendo que me encanta, y veo súper necesario todo este movimiento para que la gente se llegue a plantear que una mujer gorda no deja de ser una mujer y que puede vestirse como quiera y salir por donde quiera; y que una niña puede ser astronauta o futbolista y un niño puede jugar a los bebés. Pero no perdamos el objetivo de vista. Las chicas delgadas también son reales, las niñas que juegan a las princesas también son reales y bombardear las redes sociales con vídeos e imágenes que dicen lo contrario, en mi opinión, lo que hace es crear una moda diferente. Como llevar el pelo de colores, o un lado de la cabeza rapado. La primera se llevaría todas las críticas, la última no es que se hubiese rapado en una sociedad respetuosa y tolerante sino que le pilló en un momento en el que su estilo sí estaba de moda.

Creo que al final lo más importante es lo de siempre: educar. Educar en el respeto. Que nos dé igual lo que decida hacer con su vida el de al lado, tanto si es lo impuesto por la sociedad como si no. Educar en tener ideas propias, en cuestionarnos hasta lo que nos hacen creer que es incuestionable. En poder dar nuestra opinión, sin que sea una ofensa o un insulto. Que podamos decir que no nos gusta algo sin que se nos tache de machistas, gordófobos, racistas o lo que sea porque no se ajusta a la “nueva moda”. Actuar con naturalidad, sin necesidad de hacerlo absolutamente todo políticamente correctísimo.  


Pienso que con esta forma de cambiar la sociedad pasa como con el tema este que decía Ciudadanos de Andalucía sobre darles peces para comer o enseñarles a pescar. Al final por ambos medios Andalucía queda saciada, igual que la sociedad terminará por ver como algo normal estos nuevos aspectos; pero de una forma Andalucía sólo puede comer temporalmente y de la otra podría comer de por vida. Y esta forma de cambiar la sociedad, no sólo me parece temporal (puesto que no la estamos haciendo tolerante y dispuesta a respetar los movimientos conflictivos que llegarán en el futuro), sino que además acaba marginando a quienes deciden quedarse con el estilo convencional.

martes, 20 de diciembre de 2016

Tabú

Me encanta el lenguaje y odio en lenguaje.

Me encanta por permitirme expresar todo lo que quiero, por la comunicación. Y lo odio por las connotaciones que se le atribuyen. Así que en realidad supongo que no es el lenguaje lo que odio, sino a quiénes no le dan el uso que le toca, o a quienes lo pervierten.

Estaba el otro día hablando con una amiga sobre un tema del que llevamos hablando cosa así como año y medio, que ya es decir. El tema en cuestión es su relación de pareja. Relación tóxica donde las haya. Mi amiga: una chica lista como ninguna, espabilada, ajena a todo tipo de prejuicios, que no le afecta lo que puedan pensar de ella, independiente y sensata. Después de tantos meses sabiendo de sus discusiones, leyendo capturas de pantalla desafortunadas y escuchándola llorar por teléfono le dije: Tu novio es un maltratador. Y creo que ahí es cuando perdí credibilidad para ella.

El lenguaje duele. Las palabras duelen. Duele oír lo que no queremos oír. Y duele todavía más si lo que nos dicen va cargado de connotaciones negativas. Maltratar, así como muchas otras, es una palabra tan manida en medios de comunicación que parece que haya perdido su significado. Maltrato es de lo que ha sido víctima la mujer asesinada en Santiago hace pocos días. Parece imposible pensar que la vecina de al lado, tu mejor amiga, o más difícil aún, una misma, pueda sentirse identificada con semejante expresión. Y en realidad, una persona maltratada es una persona a la que se la trata mal. Una persona a la que se le hace daño, ya sea con hechos o con palabras. Una persona que llora por teléfono por culpa de otra ya tiene motivo para sospechar.

Y no quiero entrar a contar en detalle públicamente asuntos que no son los míos. Pero cuando una persona pierde esa independencia, cuando aguanta insultos y no decide ponerles un punto final, cuando las promesas cargadas de arrepentimiento y los te quiero (que no dudo que sean reales) pueden a los momentos en los que te han hecho sentir miserable, yo veo maltrato.

Igual a día de hoy no es la mejor palabra para definirle, igual un psicólogo tras conocer a la persona no la calificaría como tal cosa, igual si supiera más del chico hasta yo misma dejaría de pensar en esa expresión cuando me hablan de él, pero al fin y al cabo sólo es una palabra. Me da igual cuál se utilice. Pero los hechos siguen siendo los hechos. Y del mismo modo que yo no fui capaz de ponerle freno a tiempo a mi TCA porque no me sentía identificada con la palabra anoréxica, estoy segura de que millones de chicas cada día siguen aguantando situaciones como estas por no ver en sus novios a potenciales maltratadores. Y por eso a veces odio el lenguaje. Porque del mismo modo que muchas veces es capaz de abrirnos los ojos, también es capaz de cegarnos.