domingo, 29 de junio de 2014

Primera visita a la clínica y convivencia

No sé si alguna vez lo dije, pero llevo tres semanas haciendo prácticas de laboratorio en un instituto de investigación de mi universidad. En total he de cumplir cinco semanas para conseguir los créditos necesarios y cursar una asignatura menos el año que viene. Tenía miedo de pasar demasiado tiempo sola en el piso ya que los exámenes han acabado y todos mis amigos se han vuelto a sus respectivos pueblos. Y de hecho, la primera semana de trabajo, fue aquella en la que me di atracones y vomité todos los días, fue en la que decidí ir a la asociación contra la bulimia y la que descubrí la clínica en la que estoy ahora.

Viendo que el miedo empezaba a ser una realidad empecé a pensar opciones para estar más distraída durante las tardes y le dije a una amiga si le apetecía subirse unos días a Valencia. Y eso hizo. Apareció por mi casa el martes pasado y se volvió a Elche el viernes por la mañana. Y claro que me he distraído y claro que me ha ayudado a controlarme con la comida, pero ha llegado a suponerme incluso más cansancio mental. Me explico, quizás sea una impresión mía, pero me da la sensación de que hay personas que insconscientemente tienden a imitarme. Se lo estaba contando el jueves a la psicóloga (ahora os cuento en detalle). Me preguntó por la gente que sabía de mi problema y yo le dije que respecto a amigos, sentía como que existían dos vertientes: por un lado personas que se han seguido comportando igual y no han estado preguntándome demasiado, y personas que a pesar de decirme que puedo contar con ellas para lo que quiera, inconscientemente se han comportado de forma diferente.
En el primero grupo se encuentran algunas amigas que sutil y disimuladamente me muestran su ayuda ofreciéndome comer en su casa o pasar la tarde con ellas para evitar que acabe comiendo sola  y cometiendo algún error o sintiéndome mal. Y en el segundo grupo están las personas que piensan que el problema es que no quiero comer y me incitan a ello, o que se ponen a hablar de comida cuando están conmigo. Y en este grupo está la chica que ha venido a mi casa. Porque yo entiendo que tampoco ha de ser cómodo para ella ver cómo empiezo a sacarle cosas para cenar mientras yo le digo que no me apetece mucho comer, pero ella podría entender que no es algo que hago a propósito sino que verdaderamente me cuesta comer tanto en la cena.
Os pongo un ejemplo: le dije que si quería que comprara algo para que desayunara a gusto ya que yo suelo comprar cosas muy raras, y me dijo que no me preocupara, que ella sólo tomaba un vaso de leche o a veces, ni si quiera desayunaba, que no le sentaba bien (empiezo a sentirme gorda porque yo casi que triplico desayuno a su lado). Y luego resulta que todos los días estuvo tomando un tazón de leche con cereales y un yogur de muesli de Activia.
Y por las tardes, a la hora de la cena, que ya sabéis que es la que más me cuesta, pasamos a comprar por mercadona y le dije que no tenía mucha hambre. Ella por supuesto se tuvo que poner a mi nivel y me dijo que ella tampoco, que a veces ni cenaba (y dale perico al torno). Le dije que cogiese lo que quisiera, que yo igual tomaba un yogur con fruta o huevos duros revueltos. Al fin y al cabo si ella no tenía hambre, no le importaría. Y acabó comprando dos patatas para hacernos una tortilla a las dos, y luego se preparó una bolsa de palomitas mientras veíamos la tele. Y yo qué sé, son tonterías. No debería sentirme mal por cenar eso, ya que si quiero ser normal, es lo que toman las personas normales. Es sólo que ella por lo visto está acostumbrada a hacer las comidas en orden creciente (desayuno escaso y cena abundante) y yo justo al revés. Y si después de desayunar bastante, comer bien y merendar a gusto, me plantas una cena de ese tamaño pues... los remordimientos empiezan a aparecer. Pero vamos, que eso es lo de menos... que donde yo verdaderamente me quería centrar es en ese afán que tienen algunas amigas en tener que aparentar que comen poco para sentirse bien, y que luego realmente no sea así. Que lo hagan con otras personas si quieren, pero no conmigo por favor.

Y una vez desahogada, paso a contaros mi cita con la terapeuta. La verdad es que me dio muy buena impresión desde el primer momento. Lo que no me gustaba de la otra psicóloga con la que estuve es que no tenía ningún plan de actuación. Simplemente me sentaba delante de ella en su consulta y empezaba a hablarme con cara muy seria y pensativa mientras yo iba haciéndome más pequeña en su sillón. A veces no hablábamos ni veinte minutos y yo siempre salía con los ojos irritados por las lágrimas y sin ninguna gana de volver la semana siguiente.
Esta vez, sin embargo, desde el primer momento en la visita informativa, me explicaron todo lo que haríamos durante las distintas sesiones, y en qué se basaba su método. Conforme llegué rellenamos algunos papeles con mis datos y el acuerdo de confidencialidad, y con una sonrisa y muy buen rollo me dijo que le contara un poco sobre mi infancia. Dibujó una línea horizontal sobre su papel y empezó a escribir los pequeños apuntes que le iba diciendo en orden cronológico. Le hablé de lo especial que he sido siempre para comer, de lo poco que me gustan muchos alimentos, de las tardes que he pasado en el comedor del colegio y de cómo siempre era la última en salir y con la bandeja aún llena. Le hablé de cómo engordé de repente y de las clases de aerobic que vinieron después, de las meriendas con napolitanas que me hacía mi madre, y de las tardes corriendo con mi padre. Le hablé del paso al instituto, de las nuevas amistades y de los cambios hormonales. De mis desarreglos con la regla, y de la importancia que empecé a darle a la imagen. De cuándo decidí tomarme en serio adelgazar y de los cambios de hábitos, de las clases de pilates y de la selectividad. Y por último le hablé del paso a la universidad, de mi nueva vida en Valencia, de los dos pisos en los que he vivido, y de mi entrada en este infierno.
Lo que más me gustó de la visita fue darme cuenta de que verdaderamente esto no ocurre así, por arte de magia. Recuerdo que hace ya algún tiempo escribí una entrada en la que preguntaba ¿por qué yo? No entendía cómo una chica tan alegre y tan optimista como yo podía haber sucumbido a una enfermedad como esta. Echaba la vista atrás y sólo veía momentos felices y una alta autoestima. Y de repente, cuando la chica me dijo: "háblame de tu infancia, ¿qué solías comer?" fue cuando empecé a acordarme de lo desastre que he sido siempre con la comida, y me alegró ver que quizás si existía una explicación para todo esto.
También creí importante que mis padres empezaran a ir a terapia para hablarles de todas las cosas que yo no recuerdo. Ellos son los que verdaderamente saben lo que me preparaban para comer cuando era un bebé y la guerra que daba para tomar las papillas o acabarme los yogures. Siempre he tenido que tramármelas para dejarme comida en el plato. La diferencia es que entonces lo hacía porque no me gustaba la comida, y ahora lo hago por que no me gusta mi cuerpo.
Estuvimos hablando muy a gusto, riéndonos al decirle que siempre me quedaba a limpiar las mesas del comedor por salir la última, sin hacerme sentir culpable por nada de lo que he podido hacer y entendiendo todo aquello que le decía. Se me pasó la hora volando. La verdad es que siempre he sido bastante charlatana, así que al acabar la sesión la chica me dio las gracias por haberle dado tanta información, ya que es lo que más ayuda a crear el diagnóstico adecuado. También me dio unos cuestionarios que ya he ido rellenando para dárselos en la próxima cita y unos registros de comidas que estoy rellenando poco a poco. Cada día, he de apuntar la fecha en la que me encuentro, la hora en la que se produce cada ingesta, la ingesta en sí, la puntuación de hambre tanto antes como después de comer, y el contexto/sentimientos/lugar en el que ha ocurrido. Además, hay dos casillas para marcar con asterisco si ha habido atracón o purga. Al principio me daba vergüenza apuntar los picoteos que podía darme entre horas o las cosillas extra que tomaba al acabar alguna comida, pero como siempre me recuerdo que es por mi bien, estoy apuntando todo todo todo lo que pasa por mi boca. Y hasta me está ayudando a controlarme: a veces cuando llegan las cinco de la tarde pienso "es hora de merendar" y empieza a entrarme ansiedad por no saber qué tomar. Me acerco a la despensa y saco cosas que en el fondo no me apetecen y posiblemente de normal acabaría volviéndome loca y probando un poco de todo y acabando en atracón. Sin embargo ahora, como he de puntuar la cantidad de hambre que siento, me paro a pensar. Y de repente digo: pero si no tienes hambre... ya merendarás luego. Y oye, os digo que me ha funcionado.

En fin, no me enrollo más. El jueves tengo la próxima cita, volveré a contaros novedades. Mañana viene mi hermana a pasar la semana conmigo. Será genial. Y en devolver el libro que os comenté a la biblioteca haré una pequeña reseña sobre mis impresiones.






martes, 17 de junio de 2014

La última etapa (EDITO)

Hola a todas. Aún no he empezado la terapia y ya tengo la sensación de que voy a salir muy pronto de esto. Hoy he ido a visitar la clínica privada de la que os hablé en la entrada anterior, y la verdad es que me ha encantado. Primero les he contado un poco y muy por encima este año y ocho meses que he pasado con el trastorno. La chica me asentía todo el rato y hacía parecer que entendía todo lo que le decía. Luego ella me ha contado sus métodos de actuación. Primero he de pasar una fase de evaluación (unas tres sesiones) en la que intentan averiguar todo lo que me ha hecho acabar así, tanto aspectos familiares, como sociales, como personales. Además, un médico endocrino me examinará para comprobar si tengo alguna deficiencia y cual es mi estado de salud. 
A continuación llega la fase de devolución en la que se da un diagnóstico y se proponen unos objetivos con los que he de estar de acuerdo. Y por último empieza la terapia (1 sesión semanal), donde según mis necesidades en cada momento, irá variando entre el ambulatorio (sesiones con psicólogos, talleres, etc.), el centro de día (para comer allí cuando necesite supervisión y evitar un atracón) o el centro de 24 horas, al que creo que nunca hará falta que vaya.

La mejor noticia es que mi madre poco a poco se va concienciando de que el problema existe y ella también va a asistir a la clínica a hacer terapia familiar. Es por esto que presiento que poco a poco mi vida se va estabilizando y con ayuda de todos voy a salir de esto.

Y hablando con la chica y analizando un poco todo este tiempo, me he dado cuenta de todas las etapas por las que he pasado. Primero, la entrada a la bulimia. Cuando llegué a Valencia pensando que venía a comerme el mundo y acabé comiéndome la despensa de mi compañera. Creía que sería lo suficiéntemente inteligente como para perder el peso que me sobraba de una forma saludable y me encontré agachada frente al váter. Y pensaba: "sólo será una vez". Por eso me sorprendí cuando al día siguiente me voví a ver en la misma situación. Si alguien me hubiera frenado aquella primera vez... Si hubiera sabido todo lo que vino después... Sí, perdí peso, pero a qué precio. 

Una vez estuve bien embarrada llegó la etapa de reconocimiento. Yo no pasé por la de negación. Me dije: "Comes y vas al baño a devolver, ¿acaso no es eso lo que hacen las bulímicas?" Y se lo conté a mi novio. Él, todo sorprendido, y sobre todo preocupado, habló con su hermana que es psiquiatra, sin que yo lo supiera para saber qué hacer. Ella le dijo que sin ayuda profesional no se puede acabar con una enfermedad como esta. Él acabó contándomelo y me pidió que fuera al psicólogo. Si hubiese aceptado desde un primer momento... Di el primer paso, que ya es decir, y pedí cita con el psiquiatra, pero lo pasé tan mal que cuando me derivó al psicólogo, rompí el papel de la citación y decidí no volver. Yo sí que podría sola. Si me hubiera creído desde un principio que sola no se puede...

Y entonces vino la etapa del querer y no poder. No sé cómo llamarla la verdad, porque por mucho que yo afirmaba que iba a salir de esto, nunca cenaba, intentaba reducir al máximo el número de calorías, iba siempre que podía al gimnasio para compensar, y en caso de comer de más (entonces llamaba atracón al aperitivo de los que me he llegado a dar ahora), ayunaba al día siguiente. Creo que mi excusa era "cuando adelgace y me vea bien, ya no tendré más ganas de vomitar ni de controlar las calorías". Qué ingenua...

Llegó el verano. Pesaba entre 45 y 46 kilos. Se me notaban los huesos de la cara, del cuello, de la espalda y del torso. Y la tripa fofa seguía allí, así que mi mente me indicaba que debía seguir adelgazando. Fue otra etapa, qué más da el nombre. Volví a casa y a las comidas con mis padres. Parece que entonces el número de vómitos se redujo, porque como además todo el mundo me decía que debía coger algo de peso y que estaba mejor antes, no me dolía tanto comer un poco de más. Y seguía evitando cenas, y contando el número de calorías. ¿Cuándo se supone que iba a llegar ese mágico día en el que me iba a ver bien y dejaría atrás la bulimia?

Y entonces empezó el curso siguiente. Cambié de piso y de compañeros. Chicos sanos y deportistas esta vez. Y empezó la etapa de querer e intentarlo de verdad. ¿Cuál fue el problema entonces? Que seguía obsesionada por el peso. Cuando padeces un TCA da igual lo que peses, da igual tu estado físico, nunca estás conforme. Intenté dejar de vomitar y empezar a comer sano, pero seguían obsesionándome las calorías. Restringía pensando que sino iba a comer demasiado y acababa atracándome igualmente. Acabé por olvidar qué comía una persona normal y sin saberlo, planificaba menús con muchas menos calorías de las que debería ingerir. 

Llegaron las navidades y los turrones hicieron su efecto. Juntas a una chica con tendencia al atracón con reuniones familiares y comidas sin fin, y obtienes varios kilos de más. Mis padres todo contentos y yo toda frustrada. Siguieron las restricciones, esta vez guiadas por intentar bajar el peso que habia cojido, y sólo obtenía atracones a cambio. Así que empezó la etapa del blog, una etapa muy parecida a la de querer e intentarlo de verdad, porque seguía planificando menús y seguía dándome atracones, con la diferencia de que esta vez los vómitos se producían cada vez más alejados. Conocí a mi peor enemigo, myfitnesspal. Para esta aplicación hasta una simple manzana puede hacerte sobrepasar el límite diario de calorías. Y ahora que lo pienso, no sé cómo era capaz de apuntar cada miga de pan que entraba por mi boca, de pesar lo que iba a comer y de intentar no pasar las 800 Kcal diarias. Me sorprende que aún conserve la cordura, porque durante todas estas etapas, llegué a perderla de verdad. Y lo mejor de todo: tanto sufrir por las cantidades, tanto maltrato mental por una manzana extra, y tanto ejercicio compensatorio para bajar los kilos de Navidades, para no haber perdido absolutamente nada. Pero si es que cómo pretendo acabar con los atracones planificando menús del tercer mundo...

Por suerte llegó la etapa "healthylife", en la que dije adiós a la aplicación endiablada y decidí comer, pero comer sano. Creé una cuenta en Instagram y empecé a seguir cuentas de recetas sanas. Descubrí los mugcakes, los crepes fit, los productos bajo en grasa y sin azúcar, la pizza casera, el poder de la avena, los jugos de frutas y las barritas proteicas. ¿Y por qué no se iban los atracones aún? ¿Qué más debía hacer? Debía curar mi obsesión. No tengo nada en contra de la healthylife, nada en absoluto. Me parece estupenda para toda la gente que quiere seguir hábitos saludables y una alimentación adecuada, pero no para una persona obsesionada con la comida. Y ya me lo decía mi novio; "Si te apetece un donuts, cómetelo", "no pasa nada porque tomes un yogur natural", "¿por qué le pones edulcorante a la tortita si tenemos azúcar?" y yo siempre le decía toda enfadada que si él quería comer todas esas porquerías, que lo hiciese, pero que yo quería comer sano. 

Y al fin llegó la etapa final (es pronto para cantar victoria, pero me gusta pensar que sí). La etapa en la que me encuentro ahora. La etapa en la que por fin he descubierto que da igual cuánto pese, nunca me voy a sentir feliz conmigo misma si no me curo mentalmente. Da igual lo sano que coma, siempre que busque comer lo más sano posible y me niegue algún capricho me lo voy a acabar dando en forma de atracón. ¿Sabéis qué? La semana pasada, esa en la que hubieron atracones y vómitos cinco de cinco días, llegué a pesar 51 kg. Cuando llegó el fin de semana me fui a casa de mi novio, y en vez de aprovechar que con él nunca hago mal las cosas para comer menos y perder el peso, comí más. Me sacié en cada comida. Le dije que me hiciera a mí lo mismo que se hiciera él. Y así es como tomé tostadas a media mañana el sábado, espaguetis para comer el domingo, y un bocadillo tan grande como mi brazo para cenar cuando volví a mi casa. No le pedí yogures desnatados."Tú compra lo que tú quieras", le decía. Y los tomé enteros, de esos de Activia con trozos de mango. Y me encantaron. Y tomé miel y polos de limón y no pasé hambre en ningún momento. Y de repente esta mañana me levanto, habiendo pasado sólo tres días desde los atracones, y me veo con 48,9 kg. Si desde un primer momento me hubiese creído eso de: "para adelgazar no hay que restringir" igual me hubiese ahorado estos casi dos años de vida. 

Ahora, justo a comienzos del verano, es cuando me da por empezar a aumentar cantidades. ¿Arriesgado, eh? Pero me da igual ganar peso, porque no tengo amigas perfectas, así que no sé por qé yo me empeño en serlo. Y porque si estas amigas imperfectas comen felices sin aumentar de volumen, por qué iba a ser yo distinta.

Y para colmo, empiezo terapia con unas chicas majísimas en una clínica especializada. ¿Será o no será la última etapa? Si desde un principio hubiese decidido ir a terapia... Si me hubiese creído lo que me decía mi novio y hubiese intentado comer a gusto a su lado... Si hubiera sabido que de esto no se sale sola, y si hubiera comido lo que quisiera sin restringir quizás otro gallo nos cantaría. Pero como bien he dicho, el problema es mental, y quizás era necesario pasar por todas estas etapas para llegar a la verdadera solución. Ahora entiendo la frase esa de "Para poder seguir a veces hay que empezar de cero". Antes quería creérmela pero cada vez que me caía, me suponía el fin del mundo y el pensamiento de que esto no acabaría nunca se apoderaba de mí. Ahora entiendo que para llegar a una meta primero hemos de fallar muchas veces. Y todos estos fallos son las etapas por las que yo he pasado, sin las cuales no podría haber llegado al final. Y quizás esta no sea la final y quizás necesite buscar otra solución. Pero la encontraré y llegará el día en que todo esto sólo sea una historia más que contar.

P.D.: Si alguna es de la Comunidad Valenciana la clínica se llama Previ. 
Me han recomendado este libro: La superación de los atracones de comida, de Fairburn. Lo pienso leer sin duda, ya os diré qué tal está si no os animáis vosotras. 

EDITO: He estado buscando el formato ebook para que lo podáis descargar gratis pero este libro sólo existe en papel. Lo más parecido que he encontrado es una pequeña muestra de la versión en inglés, que podéis encontrar aquí: http://books.google.es/books?id=aUQ9JxecFz4C&printsec=frontcover&dq=Fairburn&hl=es&sa=X&ei=9IChU_ahINKS0AXQkYGQBA&ved=0CCUQ6AEwAQ#v=onepage&q=Fairburn&f=false

jueves, 12 de junio de 2014

Una vez tocado fondo sólo se puede ir hacia arriba.

Ayer fue un día intenso para mí. Los atracones siguen ahí y si los vómitos no hacen lo propio no es por falta de ganas sino por incapacidad, que es más penoso aún... 
Como ya dije en la entrada anterior, estoy decidida a empezar terapia porque de nada me sirve estar una semana en lo alto de la ola si al final siempre acaba rompiendo y me vuelvo a caer. Son muchas las personas que me han dicho que no conocen a nadie que haya salido de esto sin ayuda. Quería ser la primera, pero supongo que tanta gente no puede estar equivocada. La bulimia,como cualquier TCA es un problema serio, una auténtica enfermedad. Y al igual que quien padece cáncer, necesita de tratamiento para su cura, nosotras también.

Yo soy una persona que cuando se decide a algo tarda un poco de tiempo en dar el primer paso. Tenía claro que lo pimero que iba a hacer era pasar por AVALCAB (Asociación Valenciana Contra Anorexia y Bulimia), pero hasta ayer no llegué a pedir cita. Su horario de atención al cliente sólo es de lunes a miércoles por la tarde y siempre encontraba alguna excusa para no llamar: o se me había pasado el plazo, o tenía que ir a clase a revisar un examen,o simplemente se me olvidaba. Y ayer, después de un último atracón, me sentí débil, me quedé dormida intentando olvidar lo que había hecho. Y cuando llegaron las 16:30 llamé. Me dijeron que pasara esa misma tarde a las 18:00 y que allí me informarían de todo lo que necesitara. 

Y tras un largo paseo allí me presenté. Le conté a la encargada mi historia brevemente y ella me hizo algunas preguntas. Tras un par de lágrimas y muchos tragos de agua, empezó a explicarme las opciones que tenía en Valencia. 

Por un lado, están los servivios públicos: cita con el médico de cabecera, psiquiatra y el tratamiento correspondiente (generalmente fármacos y psicólogo). Le aclaré que mi seguro médico es privado así que me dio un par de folletos de dos clínicas privadas especializadas en TCA que hay en Valencia. Y lo cierto es que la diferencia es abismal. La que más me ha gustado también tiene sede en Alicante y Castellón. En Alicante mi seguro médico me cubre el 100% de los gastos, y en Valencia sólo el 80%, pero verdaderamente creo que valdrá la pena. Os voy a copiar algunas de las cosas que más me gustaron.

La clínica se llama Previ y tiene como objetivos principales:
- Mejorar las actitudes y creencias sobre el cuerpo y la comida.
- Reaprender hábitos alimentarios saludables.
- Alcanzar el peso saludable y el equilibro físico y general de la persona.
- Prevenir y controlar conductas problemáticas con la comida (atracones, vómitos,...)
- Mejorar la aceptación del propio cuerpo.

Ofrecen una terapia individual, terapia para familiaresy terapia de grupo con:
- Psicoeducación
-Terapia de grupo para la imagen corporal, para la solución de problemas, inestabilidad emocional, para afrontar el miedo social.
- Terapia de grupo por el arte (ni idea...)

Y por último, también ofrecen diversos talleres:
- Taller de nutrición
- Taller de ejercicio físico controlado
- Taller de expresión emocional
- Taller de medio de comunicación
- Taller de relajación postpandrial 
- Taller de actividades puertas afuera, etc...

En cuanto estuve informada del todo, se lo conté a mi padre (vía whatsapp, un poco incómodo...) y me dijo que podría empezar en Alicante cuando fuese para allá en vacaciones que es totalmente gratis, pero que si verdaderamente necesito empezar cuanto antes, que me informe de los precios y empiece la semana que viene mismamente. Así que este viernes tengo cita con la clínica para hacer una visita explicativa de todo lo que me ofrecerán y de los precios que tendría que hacer frente, y si todo va bien, espero empezar la semana próxima.

Una vez le aclaré este tema y él se dio cuenta de que no iba a salir tan fácilmente como todos pensábamos y que el problema es más serio de lo que en un principio parecía le dije:

- Pero papá, todos los expertos me insisten en que la alimentación es sólo un síntoma. El problema está debajo de todo eso. Tiene que haber algo en mi vida que me incomoda y que tiene a la bulimia como vía de escape.

Le dije que eso era lo que más me chocaba cuando empecé con este trastorno. Que nunca he tenido problemas con la gente, nunca se han metido conmigo ni me he sentido ofendida. Ni si quiera cuando tenía sobrepeso recibía insultos de quienes me rodeaban. Siempre se me ha caracterizado por ser una chica muy alegre. "Es que tú nunca dejas de sonreír" me solían decir mis amigos. Creo que mi autoestima era alto, y lo único digamos... perturbador en mi vida era y es mi relación con mi madre.

Le dije que será eso lo que debo trabajar durante mi terapia porque siempre que vuelvo a casa es su presencia lo que más ansiedad me crea. Empecé a contarle todas las cosas que empecé a escribir en aquella carta que nunca llegué a enviar. Empecé a contarle que soy incapaz de recordar algo que ella haya hecho por nosotros, que toda la educación mía y de mi hermana ha dependido siempre de él. Que mi madre estaba en casa de cuerpo presente, pero nunca nos enseñó nada. Que nunca hemos recibido su apoyo, más bien todo lo contrario: siempre nos negaba nuestas iniciativas y nos cortaba las alas para seguir adelante. Se lo conté todo, y quedó por escrito en la pantalla de su móvil.

- Luego le enseñaré esta conversación a tu madre a ver si le hace reflexionar -me dijo.

Y una vez hubo oscurecido, salí a correr hasta la playa. Y en el camino de vuelta, a unos cinco minutos de llegar a mi casa, recibí una llamada de mi madre. Se me hace raro ver la palabra "Mamá" en la pantalla. Dejé de correr y cojí el teléfono. En lugar de ir al grano y decirme que quería pedirme perdón, me dijo que ahora que había acabado exámenes igual debería volver a Elche. Le dije que tenía prácticas que hacer aquí en Valencia y que aún debía hacer un par de recuperaciones. Ella seguía en sus trece y aún llegó a decirme: "Es que he estado hablando con papá y me ha comentado que como estás un poco mal y eso, pues deberías venir a casa". Y entonces salté. "Lo que papá piense me lo suele decir él mismo. No necesita pedirte que hagas de intermediaria. Si eres tú la quiere que vuelva, dímelo claramente, pero deja de inventar mentiras". Y entonces se retractó, y empezó a admitir que sí, que mi padre no había dicho nada. Y como veía que la conversación no iba a ninguna parte y no quería llegar a casa y tener que hablar con mi compañero de piso delante, le pregunté si quería algo en concreto. Y ya con vocecilla de cordero degollado empezó a decirme que sentía si me había hecho daño, que ella siempre había querido lo mejor para nosotras. Que sentía si había algo que no me había gustado de su actitud, etc.

Y se agradece que pida perdón. Es difícil escucharla arrepentirse de algo que haya hecho ella. Pero le dije que pedir perdón es muy fácil y que hay casi veinte años de por medio que no se van a arreglar de repente por pura palabrería. 

Ella seguía insistiendo en que nunca se había dado cuenta de si había hecho algo mal. Yo le dije que cuando te lo están diciendo día sí, día también, una podría empezar a plantearse cosas del estilo. Que si en un principio no se daba cuenta, después de decirle claramente por activa y por pasiva "Mamá, no quiero que compres más dulces, mamá no quiero que me digas lo que he de comer, mamá soy BULÍMICA", una mínima reacción sí esperaba. 

Ella siguió arrepintiéndose y para terminar le dije: "Y yo soy la única que te lo dice claro, pero no sólo te has portado mal conmigo, te has portado mal con todos los miembros de la familia, tanto Cris como papá". Y con más lamentos acabó la conversación. 

Hemos quedado en que lo iríamos arreglando poco a poco pero tanto yo como mi hermana y mi padre le hemos dejado claro que ahora mismo no debe agobiarme. Que ni se le ocurra venir a darme mil besos la próxima vez que me vea porque de momento, sólo estaríamos fingiendo que todo va bien cuando aún queda mucho que arreglar. 

Mi hermana me dijo que tengo razón en las cosas que le he dicho, que no estoy loca como siempre ha intentado mi madre que parezca. Que ella también piensa que no ha sido una madre ejemplar y que podría haberlo hecho mejor. Me gustó leer esas palabras.

De momento la terapia empieza bien. Parece que era el pequeño empujón que necesitaba mi madre para darse cuenta de que esto no era algo que me estaba yo inventando, que el problema es real y que una  causa muy importante posiblemente sea ella. 

Me gusta ver que poco a poco las cosas siguen su cauce. Que poco a poco la palabra "mamá" va dejando de estar tan idealizada. Porque siempre que me he quejado de ella a mi yaya o a mi tía o a alguna amiga cercana me han dicho cosas del estilo de "pero es tu madre..." como si eso lo solucionara todo y yo tuviera que morderme la lengua y tragar. Y gracias a que eso de callarme las cosas nunca ha sido mi estilo y me importa realmente poco ir en contra de lo establecido, parece que voy consiguiendo cambiar la mentalidad de todos los que me decían la famosa frase y empiezan a entender mi punto de vista.

miércoles, 4 de junio de 2014

Día 10. Mes nuevo, chica nueva.

No me puedo creer que sólo hayan pasado 10 días desde la última vez que vomité. Se me ha hecho como si hubiera pasado un mes entero. Y bueno, eso significa que llevo incluso más de diez días sin escribir por aquí... Lo siento mucho pero he empezado la semana de exámenes y a penas he salido de la biblioteca. Ya sólo me queda uno el viernes y podré disfrutar de las vacaciones :D

Bueno, empiezo. Aunque el título os pueda dar pena la verdad es que a mí sólo me provoca felicidad. Sí, volví a vomitar. Ocurrió hace dos sábados, estando en mi casa de Elche, porque me quedé sola por la tarde. Pensé en una merienda que acabó siendo un atracón y como estaba harta de ir arrastrando ya muchos días igual de malos, fui al baño y vomité. Y desde ese momento me dije: "Necesitas ayuda". He decidido ir a informarme a un centro de Valencia especializado en TCA para que me traten y me ayuden a salir definitivamente de esto. Quería haberlo conseguido sola pero es algo superior a mí. El caso es que aún no he ido porque con los exámenes no he tenido nada de tiempo y pienso empezar a partir de la semana que viene, cuando haya acabado. Y sin embargo, estos diez días que han pasado han sido días 10. Lo he hecho genial con la comida y con todo. Es que no quepo en mí de la alegría.

Estaba asustada porque justo el lunes siguiente a mi vómito era cuando empezaba los exámenes, y eso siempre conlleva estrés y ansiedad. La peor combinación. Así que le pedí a mi novio que pasáramos juntos toda la semana para no tener que hacer ninguna comida sola. Y el plan funcionó a la perfección. Desayunábamos juntos, luego a lo mejor yo iba a un examen y luego andaba hasta su casa, al día siguiente íbamos a la biblioteca a estudiar, luego al gimnasio mientras él me esperaba en mi piso. Y así sucesivamente. Hubieron dos momentos en los que no pudo acompañarme y lo cierto es que fueron dos momentos en los que la lié un poco, pero nada del otro mundo. Y en el global, las comidas buenas le dieron mil patadas a las malas.

Pero claro, llegó el domingo. Llevaba siete días haciendo las cosas increíbles y no quería volver a atracarme al empezar la semana siguiente. Tampoco quería volver a pedirle a mi novio que me acompañara otra semana entera porque además él también empezaba sus propios exámenes y bastante agobiado iba ya. Así que me he enfrentado solita a las comidas, y me he burlado de la bulimia porque no ha podido conmigo.

He de hacer un paréntesis explicando que ese mismo domingo en que acababa mi semana con él era el mismo domingo en que cumplíamos dos años juntos. Y esto es lo que me regaló:


Sabe que adoro la marca Mr Wonderful y me compró el vaso take away, un planificador semanal y un librito rellenado con las cosas que más le gustan de mí y esas ñoñaditas. Y esto os lo cuento porque el organizador semanal no me pudo venir más al pelo. Conforme llegué a mi casa empecé a organizar toda la semana: los exámenes que tenía, las horas de estudio, las horas de ejercicio y las comidas. Preparé una lista de la compra en consecuencia y lo colgué en mi armario.


Y bueno, sólo estamos a miércoles. Aún queda la mitad de la semana, pero es que me veo 100% motivada. Encima, comiendo sano y sin pasar hambre he vuelto a pesar 48 Kg (llevaba un tiempo en 49 debido a los atracones, la regla y algunos problemas estomacales que me provoca la enfermedad). Me estoy obligando a cenar cada noche a pesar de no tener hambre y por las mañanas controlo genial los desayunos. Y con las meriendas, mi punto débil, lo sigo haciendo igual de bien. Estoy muy orgullosa de estos 10 días porque para mí son más valiosos unos pocos sin atracones, que muchos sin vómitos, pero comiendo fatal.

Y con esto no acabo la entrada. Lo último que quiero aclarar es que a pesar de estar tan contenta, sigo con la idea de ir a terapia en acabar exámenes, porque rachas buenas también he tenido en este año y 7 meses que llevo aquí metida, y siempre he acabado recayendo. Además, tener que hacer un planning para comer sin ansiedad y llevar un control tan exhaustivo no son síntomas de estar recuperándome. ¿Qué más da que coma bien si he de seguir planificando día a día mis comidas? ¿Qué más da que no vomite si la obsesión por no engordar sigue ahí? Necesito que me laven el cerebro a conciencia y me hagan descubrir que la vida es mucho más que una imagen distorsionada y calorías.

Lo último es una fotito mía y de mi novio cuqui uno de los días de estudio conjunto :)